Cada año, en abril, Coachella vuelve a convertirse en uno de los eventos más fotografiados del mundo. Pero, curiosamente, cada vez se habla menos de la música.
Lo que domina la conversación son los outfits, las fiestas privadas, los invitados VIP, los brand trips, los influencers que fueron, los que no fueron y los que quedaron fuera a último minuto.
Coachella ya no es solo un festival. Es una máquina de dinero, imagen y pertenencia. Un lugar donde las marcas no solo compran presencia: compran narrativa, deseo y estatus.















