Cada año, en abril, Coachella vuelve a convertirse en uno de los eventos más fotografiados del mundo. Pero, curiosamente, cada vez se habla menos de la música.
Lo que domina la conversación son los outfits, las fiestas privadas, los invitados VIP, los brand trips, los influencers que fueron, los que no fueron y los que quedaron fuera a último minuto.
Coachella ya no es solo un festival. Es una máquina de dinero, imagen y pertenencia. Un lugar donde las marcas no solo compran presencia: compran narrativa, deseo y estatus.
Porque no es lo mismo pagar tu entrada que ser llevado por una marca. No es lo mismo estar en el público general que aparecer en una casa exclusiva, en un evento privado o en una foto estratégicamente publicada desde el ángulo correcto.
Dentro del festival existe una jerarquía silenciosa, pero muy clara. El outfit, el acceso, el cuerpo, la marca que te viste y el grupo con el que llegas dicen exactamente en qué escalón estás.
Coachella funciona como un símbolo aspiracional, pero también como una institución de clase disfrazada de experiencia cultural. Parece libertad, música y desierto, pero detrás hay estrategia, marketing y una economía entera construida alrededor de quién pertenece y quién solo mira desde afuera.
Agus pero en internet me dicen OnlineMami habla de lo que realmente se mueve detrás del festival: no solo artistas, sino dinero, marcas, influencers y la obsesión contemporánea por ser visto.
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